Invasión de cultura estadounidense en la Sala Nezahualcoyotl


Artículo de Enkidu
En punto de las 12:00 Hrs. la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional Autónoma de México (OFUNAM) sorprendió gratamente la invasión estadounidense que fue aplaudida por una sala prácticamente a reventar: los invasores en esta ocasión fueron: George Gershwin (1898-1937); Leonard Bernstein (1918-1990); y, John Williams (1932).



El general, perdón, Director al mando de esta incursión en las mentes y las conciencias de los escuchas fue el Maestro Alun Francis, recién estrenado Director Artístico de la OFUNAM y que, una vez más, deja su impronta en los que tuvimos el honor de atender a este combate, perdón, convite.

Por su parte, en las crónicas de lo acontecido, como preparando nuestra piel para lo que venía, el peletero, digo, narrador, fue el Maestro Leonardo Mortera, quien además de formación actoral, de composición y canto, cuenta con la habilidad natural de quien nos platica a modo de entremes. Mortera dio pausas introductorias a las obras musicales, vestido de saco negro y tenis blancos, como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, pues lo mismo aparece y da brincos para llamar al respetable que interactúa con el público, con los músicos e incluso con el Director.

No se trató, sin embargo, de un concierto acartonado con fechas y datos muertos, sino entre bromas y risas, el narrador brindó información –un poco demasiado general para quien esto escribe- pero entendemos la necesidad de esto ante un evento poco usual en los rincones más prestigiados de la llamada “Música Culta”: la presencia de niñas y niños, quienes iban a ver tocar a sus papás, al tiempo que otros iban para observar el despliegue actoral, de vestuario y de imaginación de la segunda parte…

Pero regresemos al principio. Porgy and Bess (Cuadro Sinfónico de Robert Russell Bennett), obra de Gershwin, se ubica en el barrio negro de Charleston (fundada en 1670 como Charlestown o Charles Towne), Carolina del Sur (incluso hoy día, en dicha ciudad, la población negra es la segunda en importancia numérica, con 31.6 % de habitantes).

De hecho, Porgy and Bess sigue siendo controversial en nuestros días porque se le ha tildado de racista y donde todos los personajes centrales son personas negras. La ópera tiene música de Gershwin, con libreto de DuBose Heyward, al tiempo que la letra es de Ira Gershwin y Dorothy Heyward. Se basa en la novela Porgy, de Heyward y en la obra de teatro con el mismo nombre, coescrita entre el autor y su esposa, Dorothy.

“Summertime” es, seguramente, la parte más popular de la ópera que, en función privada en el Carnegie Hall (1935), tuvo una duración –incluyendo los dos intermedios– de cuatro horas, donde se mezcla la tradición operística europea con el jazz al contarnos la historia de Porgy, hombre pobre e inválido que vive en los barrios marginados de Charleston y sus intentos por rescatar a Bess de las garras de Crown, su padrote [pimp], y de Sportin’ Life, el traficante de drogas.

Precisamente aquí reside la controversia, pues como el compositor estadounidense Virgil Thomson dijo: “Las situaciones de un pueblo, re-contadas por un fuereño, sólo son válidas mientras el pueblo en cuestión es incapaz de hablar por sí mismo, lo cual obviamente no es el caso de los Negros Estadounidenses en 1935”[1]. Incluso algunos miembros del reparto original subrayaron sus dudas de que los personajes pudiesen contribuir con el estereotipo que se tenía de los afro-estadounidenses: pobres, drogadictos y que resuelven sus problemas peleando.

Lejos de las controversias, el Cuadro Sinfónico de Robert Russell Bennett que nos trajo la OFUNAM contó con una ejecución brillante, en lo sonoro y en los silencios. Una métrica perfecta y un desplazamiento auditivo que nos llenó la cabeza con recuerdos y esperanzas.

De West Side Story, como apunta el Maestro Juan Arturo Brennan en las notas, es una de las muestras “más contundentes de la estupidez humana… de quienes se dedican en nuestro país [México, N/E] a traducir los títulos de las películas y obras de teatro que llegan del extranjero”, al haberle puesto “Amor Sin Barreras” a la obra de Bernstein.

Es una historia de amor, pues con todo y que se le haga pasar por simil a Romeo y Julieta, carece de la profundidad del drama shakesperiano en cuanto a las relaciones de familia y a lazos de sangre –en su máximo esplendor– mientras West Side Story es un recuento de la manera en que se interpretan, entre sí, los estadounidenses, siempre cuidadosos de subrayar lo que perciben como “sus” orígenes, ya sean italianos, anglosajones, puertorriqueños (porque entonces no existía el homogeneizante y generalizador término “latinos”), mexicanos, etc. Además, la historia se sitúa en Nueva York, donde siempre han habido luchas entre las poblaciones que llegan en oleadas. Escrita por Arthur Laurents, con la música de Bernstein y la letra para la música de Stephen Sondheim.

Toda vez que las divisiones culturales basadas en el origen étnico y en sus estereotipos continúan siendo cuestionadas tanto por los estudios feministas como más recientemente por la teoría queer, existe la esperanza de que éstas construcciones cambiarán por un sentido de pertenencia, tal vez, a la familia humana.

Entonces, la crítica hecha por Thomson en relación a Porgy and Bess se aplica de manera igual a West Side Story toda vez que la población puertorriqueña sigue siendo sojuzgada por el imperialismo yanqui y es, todavía, capaz de hablar por sí misma –todavía en castellano, a diferencia de Filipinas-.

En cualquier caso, la interpretación de las Danzas Sinfónicas de West Side Story, por la OFUNAM, tuvo un impacto fuerte en la audiencia y el contenido emocional hizo que la concurrencia moviera los pies o la cabeza siguiendo el ritmo de música que todos, en algún momento, hemos escuchado si no es que vivido en la obra musical o, de igual modo, en la pantalla grande (o sus reproduccciones en TV y por medio del DVD).

La tecnología, lejos de borrar u obstaculizar los veneros de la imaginación humana, pueden potenciar los logros de la capacidad individual hasta superar los límites de la tridimensionalidad y de leyes como la gravedad. El ánimo era el justo: ansiedad, búsqueda en el entorno. Los ojos de niños y grandes deambulaban porque tod@s esperábamos la participación del narrador y jamás soñamos que a lo largo de toda la Suite Sinfónica de Star Wars, de John Williams, uno de los arreglistas para que este clásico de las pistas sonoras dirigiera la misma (el Maestro Alun Francis), al tiempo que los personajes de la saga recorrían el recinto musical para traer, una vez más, la memoria de, cuando menos, dos generaciones.

Una obra que se impone por sí misma, que es reconocida por todo el auditorio es, no debe olvidarse, difícil de montar y sólo la destreza, la experiencia, la habilidad del Director Artístico pudo mostrar que en México es posible encontrar un recinto accesible, toda vez que el concierto del domingo fue transmitido, como ocurre de manera hebdomadaria, por el Canal 22 de México. Así que tanto los que estuvimos ahí, como los televidentes, escuchamos de una fuente prístina, la interpretación de los clásicos de la Guerra de las Galaxias.

Dos cosas llamaron la atención de nuestro Director General, Dr. Lars Ivar Owesen-Lein Borge, el porqué el Maestro Leonardo Mortera no vistió de manera formal, al menos con tenis negros, y otra el porqué Mortera no utilizó, por ejemplo, vestuario de época para narrar las historias que iban a ser escuchadas: ropa de los 30’s, de los 50’s y de la Guerra de las Galaxias… Tal como ocurrió con Sebastian Kwapisz, concertino que vistió como Luke Sky Walker…

Quienes esto escribimos coincidimos, debemos subrayar, en la importancia de este tipo de eventos, que explotan los cánones tradicionales, los estereotipos alrededor de un concierto. Vale apuntar, a modo de ejemplos, que por un momento el Director Artístico dejó su sitio y se mezcló con la orquesta. Otra, que se pudiera hacer uso de vestuario de Star Wars. Otro más, el narrador que deambulaba al igual que la presencia de los personajes clásicos, como salidos de las películas. Finalmente, un punto que nos llamó la atención fue que de forma puntual se prohibe el uso de equipo electrónico para tomar fotografías durante la ejecución de las obras; sin embargo, tan sólo aparecieron los personajes de Star Wars, una miriada de pequeñas lucecitas rojas alumbraban a diestra y siniestra. Algunos flashes hicieron lo propio, no sólo desde el primer piso, sino de varios lugares de la Sala de Conciertos Netzahualcóyotl.
Tal vez este sea un punto que se ha perdido de vista: el hecho de que para algunas personas es importante contar con una pieza de los momentos especialísimos como la presencia de la Princesa Lea y Joda pues, ¿cuándo volveremos a contar con una invasión estadounidense (que no “norteamericana” como mencionó una y otra vez el Maestro Mortera) en una sala de conciertos? Tal vez, y sólo tal vez, el compromiso a no vender las imágenes, o a dar una cooperación voluntaria si se desea sacar el celular, la cámara, el dejar claro que no se debe utilizar flash… son apenas ideas para un mundo post Guerra contra el Terrorismo, un mundo verdaderamente humano. Bien por esta apertura en la OFUNAM, bien por un concierto que atraerá a futuros conciertos. Una Sala Netzahualcóyotl llena es un gusto, un placer y una necesidad para todos los universitarios

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